Por la Ruta de los Himalayas. Tezpur, puerta de entrada a Arunachal Pradesh

Cae el cielo naranja sobre las calles de Tezpur, anchas y animadas ya bien entrada la tarde, justo cuando acabo de orientarme. Un golpe de gente con paso decidido viene hacia mi, se acerca y me desborda y su inercia me empuja hacia el sur, en dirección al río. Me dejo llevar: después de cuatro inacabables días de viaje para llegar hasta aquí, quiero sentir de nuevo en mi piel la sensación del descubrimiento, de aquéllo no programado, ese cosquilleo que me recorre por dentro y que me hace sentir viva.

Camino dentro de este mar de gente, dejando atrás las últimas casas de la ciudad, hasta que la multitud que se amontona para acceder al río me cierra el paso. Alzo la mirada por encima de las cabezas y consigo ver el agua, calma y gris, que se despliega por el horizonte degradado del atardecer con el nombre de Brahmaputra. Ante su ribera, centenares de saris de colores y niños empolistrados se juntan para hacer plegaria: puja le llaman. Bendicen cestas con frutas y especias y encienden lucecitas de aceite, pequeñas almas que las aguas sagradas se llevarán río abajo.

Bajo a la orilla y me incorporo a la ceremonia, poco a poco para no molestar. Algunas cabezas se giran y, al verme, empiezan a alertar al que tienen al lado. Y como las fichas de un dominó, uno tras otro se van dando la vuelta, mirándome con sorpresa y observándome con los ojos bien abiertos. Me apresuro a dibujar una amplia sonrisa y, en unos segundos, el desorden invade la arena, la gente rompe filas, los niños vienena darme la mano, para salir después corriendo, ahuyentados por su timidez. Envuelta por el calor espontáneo de esta gente se me escapa la tarde, con el alma suspendida por la melodía de sus risas. Hasta que el sol decide desprenderse de las nubes y esconderse en las aguas, poniendo punto y final a mi primer ritual hindú.

Enlaces relacionados: Mes Enlla, Tezpur, información práctica

Por la Ruta de la Seda. Barrios olvidados de Istanbul. Zeyrek

Mis pasos y yo nos alejamos del concurrido patio de la mezquita Suleymaniye, rodeando los muros exteriores del jardín, el comedor comunitario y hasta la tumba del gran Sinán, aturdidos por el alboroto de los grupos de turistas. Torcí a la izquierda en dirección noroeste. Tres mujeres rezaban de cara al muro de la mezquita, con la cabeza gacha y las manos levantadas hacia el cielo como sosteniendo un libro.

Habiendo dejado atrás el complejo, la calle se estrechó bruscamente y cayó en pendiente. Seguí caminando, girando, subiendo y bajando mientras me adentraba en una telaraña de intrincados callejones que iban cobrando vida a cada paso. Mucho más arriba, dos ancianos charlaban sentados en unos escalones hechos pedazos. A su lado languidecían al sol viejas paredes de madera resquebrajada y balcones desnivelados que querían caerse. Lo había encontrado: era el barrio Zeyrek, el que fue el centro del comercio en la época dorada del imperio otomano. Y aunque sus casas medio derruídas, sus fachadas quebradas o sus bigas herrumbrosas eran sólo un esbozo del antiguo esplendor, de vez en cuando sobresalía una casa restaurada, con las maderas pintadas en rojo o verde, los arcos decorando ventanas y balcones de forja que emergían sobre la calle como carruajes reales.

Zeyrek renacía cada día. Por todas partes corrían niños, mujeres lavando ropa en la fuente, otras que caminaban con el cubo lleno a un lado, balanceando a izquierda y derecha sus amplias faldas. Algunas macetas con flores lucían dentro del enrejado oxidado de los ventanales. Había cuerdas atadas de uno a otro, de donde colgaban sábanas que escondían las maltrechas paredes. Y por todas partes se respiraba la vida, la algarabía desenfadada de las calles al despertar, el griterío alegre de los niños, el ajetreo diario de los que se resisten a ser olvidados, en un barrio olvidado.

“Hace cuarenta años, las suaves colinas que descendían de la Mezquita de Solimán hacia el Cuerno de Oro se llenaban de tradicionales casas otomonas de madera que se desparramaban en cascada hacia el Mar de Mármara. Hoy en día casi todas han sido sustituídas por bloques de hormigón. El área ha estado reconocida como Patrimonio Mundial de Istanbul y, con la ayuda de la Unesco, se está comenzando la restauración.”

Por la Ruta de los Himalaya. Thiksey. Ladakh

Desde lo más alto del monasterio de Thiksey, sentada sobre la baranda de piedra de delante de la biblioteca, mis ojos no son capaces de encajar tanta belleza, y la mente, adormecida en medio del sonido de los mantras, danza por el valle proclamando a gritos que ha encontrado el paraiso.

Delante de mi se extiende una planicie desértica de arena fina, salpicada a veces por chortens desmenuzados y casas blancas con tejado de madera. Un río Indus crecido por las recientes inundaciones parte en dos el valle y riega sus orillas, antes de marchar serpenteando en dirección a Paquistán. Enmarcan la escena unas montañas colosales de cimas siempre blancas, que toman asiento ante este anfiteatro natural.

No tendré bastante con la mañana. Pasada la hora del almuerzo, pasearé por el patio soleado, me deslumbraré otra vez con el rostro sereno del Buda Maitreya, husmearé todos los altares y oleré el incienso de las ofrendas hasta que, sin apenas darme cuenta, habré dejado en este rincón de mundo otro trocito de mi corazón. ¿Cómo haré para volver a componerlo?

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Por la Ruta de los Himalaya. Leh. Thiksey Gompa

Las puertas del templo están entreabiertas, dejando escapar un suave aroma a incienso que corre fugaz hacia el exterior. Un viejo monje sube las escaleras arrastrando la túnica a su paso. Empuja las puertas hacia dentro y me invita a pasar. “Puya”, me dice. La sala de oraciones se abre ante mi, oscura pero calmada, alumbrada por débiles llamas de mantequilla que parecen temblar entre las ofrendas. Al fondo, imágenes de budas con banderas y billetes, arroz para cuando tengan hambre, agua para calmar su sed.

Sentada en un rincón, cruzo las piernas, protejo mi mano izquierda con la derecha, junto los pulgares para dejar fluir la energía. Poco a poco entran los monjes, sigilosos, parecen resbalar sobre el piso de madera, tenues ráfagas de color grana en tranquila procesión. Cogen asiento sobre las tarimas y despliegan su librillo de oraciones. La puya se inicia con una sola voz, una plegaria melódica que resuena en la sala. A ella se añaden otras voces, guturales y profundas, creando una sola que fluye a ritmo acompasado. Palabras ininteligibles, sin interrupciones, un canto que asciende, sube y se eleva y se hace frenético, casi hipnótico. Cierro los ojos y dejo la mente libre, que nade entre los cantos, sin parar, que siga los sonidos de los mantras, “gaté gaté paragaté parasangaté bodhishava…”. Déjate ir, lejos, más lejos, cada vez más lejos…”.

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Charla: Descubre Ladakh, el pequeño Tíbet de Índia.

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El próximo viernes 25 de febrero, a les 19h en el auditorio del Centre Cultural Can Fabra (Barcelona) y gracias a los amigos de Coneguem el món, realizaremos una proyección de fotografías y una charla sobre Ladakh, una región enclavada entre las gigantescas cordilleras del Himalaya y el Karakorum, al abrigo de las lluvias monzónicas, una de las últimas tierras míticas de Oriente.

Bajo el título “Descobreix Ladakh, el petit Tíbet de l’Índia”, esperamos reunir a amigos y enamorados del viaje para pasar juntos un buen rato, recordando los paisajes, la espiritualidad de sus gentes, su cultura arraigada desde hace siglos… ingredientes que nos han invitado a visitar esta zona los años 2008 y 2010.

Os esperamos!

Asia Central: caída y declive

El último informe de International Crisis Group analiza la erosión de las infraestructuras en los cinco “stans”, Turkmenistán, Kazajstán, Kirguistán, Uzbekistan y Tayikistán, casi 20 años después de su independencia.

Según este informe, carreteras, hospitales, escuelas… así como la última generación de especialistas soviéticos capacitados, está desapareciendo. Los regímenes que han tomado los respectivos poderes han hecho poco esfuerzo para mantener o reemplazar la infraestructura básica del país y los fondos asignados a este fin han sido consumidos por la corrupción.

Los países más pobres, Tayikistán y Kirguistán, se encuentran en una situación desesperada: sus propios especialistas ya alertan que en 5 o 10 años no habrá maestros para sus hijos, ni médicos para tratar a los enfermos, mientras que los cortes en el suministro eléctrico durante más de 12 horas diarias son una constante.

Uzbekistán y Turkmenistán corren en la misma dirección, aunque muestren una falsa realidad con declaraciones públicas extravagantes y monumentales edificios de mármol blanco. Incluso en Kazajstán alertan de las deficiencias en la infraestructura de transporte y en la formación de cuadros técnicos.

Sólo el esfuerzo de los propios gobiernos, de los países donantes -Rusia y China- y de la comunidad internacional para modernizar la infraestructura centroasiática y erradicar la corrupción, puede evitar que esta -ya de por sí inestable región- decaiga hacia el colapso, las tensiones y el caos, como recientemente ha sucedido en Kirguistán.

Foto cedida por German Aguilar, El Último Bazar.

Por la Ruta de los Himalaya. Leh. Sankar Gompa

No hay caminos marcados para llegar al Sankar Gompa. De nada servirán los planos ni las indicaciones de los lugrareños: el pequeño monasterio se dejará encontrar, si esto es lo que quieres.

Con el Tsemo Gompa vigilando desde lo más alto de un peñasco que domina la ciudad, los pasos te han de llevar hacia el este, cruzando campos de cultivo con el grano recién segado. Te encontrarás caminos enmarcados en muros de piedra, altos, que andarás con la intriga de quien penetra en un laberinto. Ahora cruzas un riachuelo, ahora un asno te cierra el paso. En los campos, familias enteras se juntan para la cosecha, entonando una dulce cantinela que se escucha desde todos los rincones de Leh. Caminas oliendo naturaleza, sintiendo los Himalaya a tu alrededor, que parecen vigilar en silencio todos tus instantes. Un anciano te dirà que vas equivocado, y girarás sin que te sepa mal el camino desecho, pues a cada paso habrás dejado escapar un suspiro. Una antigua pagoda con tres deidades pintadas en su base te indican que estás llegando. Sigues andando, serpenteando el camino. Detrás de un muro de piedra, dos pagodas más se levantan altivas creando pasadizos de sombra a su alrededor. Custodian la entrada del pequeño gompa, que ya te está esperando. Y te da la bienvenida, con sus techos dorados, los parterres en flor, las ventanas ornadas como los ojos de una diosa, las banderas al viento.

Lo has encontrado, pero lo has vivido durante todo el camino. Y entonces empiezas a comprender: lo importante no es el destino, sinó el viaje.

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Por la Ruta de los Himalayas. Leh. Ladakh

Una imagen palpita en el fondo de mi corazón desde hace ya dos años: en un tejado de madera de una casa tradicional ladakhi, bailan al viento unas dóciles banderas de oración budistas. Si escucho con el alma, puedo oir el murmullo de sus cantos. A su lado, unos esbeltos chopos se estiran verdeando en chispas bajo el cielo más azul que jamás haya visto. Y al fondo, enmarcando este recuerdo que el tiempo me está borrando como los granos de arena de un mandala que no perdura, se elevan arrogantes los Himalaya, impresionantes sietemiles de blanco perpetuo, emergiendo en compacta procesión para acariciarle la panza al cielo.

Ahora, dos años después de mi partida, ya no es un recuerdo, es la imagen más bonita, la realidad que contemplo cada mañana desde la cama de la habitación que nuestra querida familia Barath nos tiene reservada.

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Por la Ruta de la Seda. Repkong. Tibet Histórico

El autobús avanza dejando atrás la ciudad de Xining. Poco a poco, el tráfico se disipa y los edificios grises desaparecen en el horizonte, escondidos bajo una nube infecta. Cuando la carretera nueva se acaba, el autobús sacude bruscamente y hace saltar al pasaje sobre los asientos desgastados. Unos pájaros juegan sobre la rama de un arbusto. Hacía días que no veía pájaros. Arbustos, tampoco.

Cruzamos parajes monótonos sin mucha vegetación, mientras el sueño se apropia de los viajeros. Una curva cerrada nos adentra hacia el corazón de un cañón, donde las altas paredes defienden el curso de un río. “It’s the Yellow River”-nos dice una chica. Arriba del risco despuntan banderas de oración liadas por el viento. Salimos de la garganta y seguimos el curso del río. Unos kilómetros más allá, los pasajeros comienzan a despertar. El paisaje es ahora natural, más humilde, una tierra seca salpicada por campos labrados. El río hace un giro brusco y, en medio de la curva, aparece una estupa blanca, serena y deslumbrante, como si hubiese emergido del agua y flotase en ella. Los tibetanos se apresuran a hacer una reverencia. Ya son pocos los que quedan sentados. Unos mueven bolsas de allá para aquí, otros charlan con los de atrás y el alboroto de los que vuelven a casa se hace evidente. Nosotros nos apoyamos sobre los asientos de delante, complacidos por el paisaje que disfrutaremos los próximos tres días. Y entonces aparece el puente. Y la ciudad. Y el templo. Y por todas partes, incansables banderas de oración que ondean al viento.


Estamos en Repkong, província de Amdo, en el Tíbet Histórico. Desde la invasión china, sus habitantes han sufrido represión, sus bienes culturales e históricos han sido destruídos y sus tierras han estado separadas del territorio tibetano e incluídas dentro de la provincia china de Qinghai.


Enlaces de interés: Vagabundos del Dharma
Fotografía cedida por www.mesenlla.com

Por la Ruta de la Seda. Monasterio Kumbum (Taer Si)

No fue tan fácil localizar la parada del autobús que nos debía llevar a Kumbum. Nuestro plano era legible, pero los rótulos indicativos de la ciudad estaban escritos en indescifrables símbolos chinos. Además, el gobierno había rebautizado el monasterio con el nombre chino de Taer Si, pero daba igual decirlo así como decir Kumbum, nadie nos entendía.

De repente, en la lejanía de una avenida de cuatro carriles, dos figuras resurgieron de entre la bruma matinal como espectros silenciosos. Con el paso decidido y la mirada baja, caminaban ajenos al griterío y a los humos enfermizos. Llevaban ropa ancha, el cabello atado con dos trenzas, el abrigo andrajoso. Ni siquiera la forma extraña en que llevaban la manga –anudada con el cinturón- consiguió arrancar una mirada entre la multitud. Sólo la nuestra: esta pareja tibetana nos guiaría hasta el monasterio.

El autobús nos dejó en la ciudad de Huangzhong. Una vez allí, el caminar anónimo de los tibetanos dejó atrás paradas de coles y zanahorias y avanzó hacia la puerta principal del complejo monástico.
Kumbum es uno de los seis grandes monasterios de la secta de los Sombreros Amarillos del budismo tibetano. Fue construido en 1557 en un lugar considerado sagrado y ha sufrido el hacha de la Revolución Cultural. Hoy en día está reconstruido y las familias tibetanas acuden en peregrinación para realizar la kora o circuito ritual alrededor de los templos.
La gran plaza empedrada da la bienvenida a los visitantes, luciendo una gran hilera de estupas, blancas como la cal. A su sombra, un grupo de mujeres juegan con sus hijos. Visitamos los templos siguiendo el camino que nos marca el aroma del incienso. Quema aquí y allá en pequeñas urnas o en el tallo de los abetos. El complejo es fascinante. Las salas de oración están decoradas con telas rojas y magníficos thangkas. Una gran escultura muestra un paisaje lleno de templos, pagodas y figuras humanas y de animales. Nos informan que está hecha con mantequilla de yak. La pareja tibetana que nos había traído hasta aquí también lo admira, y continúa después con su oración imperturbable, al ritmo del mantra eterno: om mani padme om.

Foto: Monasterio Kumbum, Antiguo Tibet (Xining, Qinghai. China) Cedida por www.mesenlla.com
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